Opinión

Una monarquía europea

El hijo de los últimos emperadores, Otto de Habsburgo, recientemente fallecido y a quien ahora se entierra, fue uno de los muy escasos austríacos que resistió la influencia de Hitler y se opuso a cualquier colaboración con él. Además de valiente, resultó con ello profético.

Ése es uno de los testimonios de fondo que dejó, junto con su lucha por dos anhelos más: la construcción de Europa, por la que peleó incluso como miembro del Parlamento de Estrasburgo; y la recuperación de sus raíces, una de ellas la inspiración cristiana que, de hecho, fundamentó el nacimiento de la actual UE.

He asistido en Mariazell (Austria) a las honras fúnebres por Otto de Habsburgo y he visto las muestras de cariño de la gente de a pie, vecinos de la Estiria, y otros venidos de diversos territorios, convocados por nadie, porque el acto tenía únicamente carácter religioso y familiar.

Es evidente que en el corazón de muchos centroeuropeos el recuerdo de la monarquía no ha desaparecido, a pesar del deliberado olvido a que se ha visto sometida desde aquel 1918, incluyendo el trabajo del partido que más años ha gobernado en Austria, que ha protagonizado una auténtica persecución.

No es que vaya a retornar la monarquía a Austria-Hungría, por supuesto. No parece previsible. Y es cierto que algunos de los acontecimientos que protagonizó no son para recordar. Pero, a la vez, también es verdad que forma parte del ser y de la historia de la región, y querer olvidarlo sería como pretender amputar un trozo del cerebro y el corazón de sus gentes.

Las monarquías todavía existentes, incluida la española, tienen que dar respuesta al desafío de saber cuál va a ser su lugar en el esquema futuro de una Europa unida. Pero me parecería una mala solución no querer contar con su aporte a la nueva situación.

Pienso que aún tienen mucho que decir. Si quieren, claro

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