Reino Unido

Un rey en peligro

El rey Carlos III de Inglaterra.
photo_camera El rey Carlos III de Inglaterra.

“Dentro de algunos años, no quedarán más que cinco reyes: los de la baraja y la reina de Inglaterra”. Es la conocida predicción del rey Faruk, él mismo expulsado de Egipto en 1952 tras un golpe militar.

Aquella profecía no se ha cumplido, como resulta evidente, si bien el elenco de monarquías se ha visto notablemente reducido. Hoy quedan diez en activo, de las cuarenta que se contaban en 1900. No obstante, en los últimos cincuenta años la única monarquía de Europa que ha dejado de reinar ha sido la de Grecia, y el motivo fue su apoyo al golpe de los coroneles.

La pervivencia de la monarquía no deja de ser una paradoja, a la vista del intenso impulso igualitario y democratizador que vive el mundo. Pero, es que, además, logra mantenerse sin especiales traumas en regímenes democráticos plenos y en naciones avanzadas.

Un dato conocido. De los estados de la Unión Europea, siete son monarquías (Dinamarca, Suecia, Noruega, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y España), a los que habría añadir, por supuesto, el Reino Unido, además de Mónaco y Liechtenstein, sin olvidar, ya más lejos, Japón. Y lo son porque quieren serlo.

Esa capacidad de pervivencia se ha más que confirmado en el caso español. Los Borbones vieron expulsados de Francia en 1830, y de Nápoles en 1860, en ambos lugares para no volver. Y en estos 150 años han caído los Habsburgo austro-húngaros, los Hohenzollern alemanes, los Romanov de Rusia, los Saboya de Italia, y las monarquías de Grecia, Portugal, Albania, Yugoslavia, Rumanía y Bulgaria.

Mientras, los Borbones de España siguen. Además de constituir la estirpe más antigua de Europa, más que la inglesa, los Windsor, han demostrado sobradamente una notable capacidad de supervivencia. Es la única que, en menos de 150 años, fue destronada cuatro veces y hoy sigue reinando.

Este recordatorio viene a cuento de la llegada de un nuevo rey en el Reino Unido, Carlos III, al que aguardan no pequeños desafíos.

De entrada, la continuidad de la Commonwealth, la comunidad de naciones que han seguido declarándose monarquías casi solo por el hecho de tener como soberana a Isabel II, ahora fallecida. Sin la figura de la reina, va a resultar bastante más complicado reconducir los movimientos de ruptura, por ejemplo en Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

Un reto, no menor, será mantener unido el propio Reino Unido, donde, sin la figura de la soberana que ahora desaparece, se encontrarán menos argumentos para continuar juntos. En el caso de Escocia, su planteamiento de cara a la secesión ha sido una monarquía compartida, es decir, tener el mismo monarca que Inglaterra, pero a lo mejor en el futuro ni siquiera eso desean conservar.

Se añaden, además, circunstancias tan delicadas como la grave crisis económica que sufre el país y el Brexit, junto con la realidad de un país muy dividido políticamente, menos unificado, multirracial, multiconfesional...

Al final, Carlos III se va jugar la continuidad de la propia monarquía, desprovista ahora del componente unificador que ha representado su madre. Así que estamos ante un rey en peligro.

Necesitará acertar, a la hora se superar todos esos retos, a los que hay que sumar la necesidad de una discreción mucho más exigente de lo que ha demostrado siendo príncipe heredero, cuando no se ha privado de dar opiniones, tomar posturas y mostrar preferencias, algo que a un monarca constitucional le está vedado. ¿Será capaz de imitar a su madre en los silencios?

Y falta el requisito de ganarse el cariño, o al menos el respeto, de los británicos. No lo va a tener fácil, visto su perfil y su trayectoria. Y por los primeros gestos de distancia que se le han visto. No en vano las encuestas de valoración lo sitúan claramente por debajo de su hijo y heredero, el príncipe Guillermo.

Al igual que ocurre aquí, en España, la monarquía tiene que mostrar que es útil a su país. Si no, perderá pie y estará en riesgo. Así que nos encontramos ante un rey en peligro.

A tal efecto respecto, es muy conocido aquel realista comentario de doña Sofía, hablando de la monarquía en España: “Si lo hacemos mal, nos botan”. Pues eso.

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